La música y yo
En ocasión de asistir a uno de los conciertos dominicales organizados por la Asociación Lírica Nacional en el Club Banco República, tuvimos oportunidad de escuchar a la pianista Sandra Vernazza. Finalizada su actuación, premiada con prolongados aplausos por el numeroso y consecuente público que asiste a estos programas, conversamos con Vernazza acordando la publicación de una nota. La inspiración del artista la llevó a elaborar un sentido mensaje, el cual transcribimos a continuación.
A raíz de un mini recital de piano llevado a cabo en el Club Banco República el domingo 5 de noviembre pasado por quien escribe, Sandra Vernazza, me detuve a pensar en los otros aspectos que se escondían detrás de mi ejecución, que distante de juzgarla si fue buena o no, hizo que resurgieran en mí viejos planteamientos compartidos en una época con mis docentes Bettina Rivero, Fanny Ingold, y Raquel Boldorini entre otros. Alguien que nunca ha estado frente a un público no puede entender el cúmulo de experiencias y sentimientos que se agolpan en ese momento. Los comentarios podrían ser: ¿estará nervioso?... ¿le tiemblan y transpiran sus manos?... ¿estará reseca su boca y el corazón parece salírsele del pecho?... y así se sucederían las conjeturas sobre el estado físico-anímico del que está frente a lo que se llamaría “una multitud”.
¡Cuántas cosas pasan por la mente del que está ejecutando una obra!. Es pretensión constante la total concentración, siguiendo paso a paso con la mente lo que los dedos muchas veces quieren hacer por su cuenta y, sin embargo, cuán fácilmente puede romperse el encanto y el transportarse a ese mundo maravilloso de la ejecución, por el ruido de un insolente abanico o el golpetear del programa o el chirrido de un papel de caramelo violentamente estrujado en el momento menos oportuno. Sólo el que alguna vez ha estado al frente y conoce la responsabilidad y el compromiso que se siente ante un público, es el que permanece inmóvil y pendiente cuando le toca ser espectador.
¡Qué vivencia de sacrificio es preparar un concierto!. Es increíble que tantas horas se hayan dedicado a la preparación de una obra, la que debe ser tocada en determinado día y hora y una sola vez. Sería fantástico poder tocarla por segunda vez pues siempre sale mejor. Y si por alguna circunstancia no es el día del concierto el mejor, incidiendo en él un pequeño malestar físico, una rabieta familiar o un mini accidente, nuestro rendimiento ya no será el mismo y quizá tampoco lo sea nuestra entrega, que en ese momento debe ser máxima. No sometamos al público a un aplauso por compromiso o a una felicitación mecánica, si no que ello sea expresión de la comunicación que se logró establecer entre el ejecutante y sus oyentes.
Cuando el pianista recibe la invitación de tocar en un determinado lugar, se enorgullece porque lo han elegido para tal evento, pero allí comienza el aislamiento con el instrumento, la dedicación total para fundirse en el sentimiento de la obra misma, una vez superados los problemas técnicos que llevan en sí horas de paciente labor para resolver los pasajes con soltura.
El sacrificio no es sólo propio sino que en dicha preparación se altera todo el entorno afectivo y familiar: ya pierden importancia los problemas domésticos, del esposo, hijos o padres, para someterlos también a nuestro cambiante estado de ánimo, a nuestra nerviosidad y ansiedad. Podríamos decir que hasta el día del concierto se convierte nuestra vida en una creciente obsesión por mejorar cada vez más, en la que involucramos a todo el que nos rodea.
Llegó el día del concierto. Gran satisfacción porque tenemos la oportunidad de demostrar nuestro trabajo. Gran realización al lograr establecer la comunicación, el sentimiento y la emoción que causa esa música que vibra dentro de nosotros. Gran acto de amor y entusiasmo. Y si todo sale bien, a pesar de que el ejecutante jamás quedará satisfecho porque siempre hubiese podido hacerlo mejor, sensación de deber cumplido, ¡y hasta el próximo!, en el que comenzará a vivir exactamente lo mismo desde el principio.
Cada concierto es una experiencia única e irrepetible, por ello llevaremos toda nuestra vida dando recitales y siempre será nuestra primera vez.
Prof. Sandra Vernazza
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